El 6 de enero de 2012 amaneció triste y radiante. Todo el
castillo de naipes levantado a lo largo de, digamos, sesenta años se venía
abajo en una mañana. Probablemente para siempre se cumplía el maldito
veredicto contra el cual había luchado tanto: definitivamente los Reyes Magos no existen. Porque de haber existido… con su magia
la hecatombe silenciosa y anónima no se habría producido. Involuntariamente hice
varios entierros mientras bajaba despacio hacia el abismo
amarillo y negro del andén donde sonaba por la megafonía un conocido estudio para piano de
Chopin.
El tren iba prácticamente vacío, son momentos del año en los
que la gente da y recibe, con mayor o menor amor y sinceridad, regalos. Yo me
alejaba de mi casa vacía con el corazón destrozado por un ataque repentino de racionalidad.
El tren fue pasando por túneles y subterráneos hasta llegar al aeropuerto donde
siempre se sube algún extranjero ilusionado con los rayos del Sol. Y así fue: educados, pálidos, desastrosamente vestidos,
inundó el vagón un nutrido grupo de ingleses que intercambiaron informaciones
vitales con un compatriota, evidentemente jubilado, residente la mayor parte
del año en estas tierras. Básicamente los datos eran distancias y grados de
belleza o interés de los lugares. Pasó de largo Torremolinos. Y el
tren emergió por un angosto pasadizo de hormigón que parecía una lanzadera
espacial hasta un paraje verde, rocoso y con árboles por el lado derecho mientras que por el ventanal opuesto veíamos el mar azul, ese azul frío y denso, tan duro,
que los franceses y los poetas y los que se dedican a la heráldica llaman “azur”.
Esos segundos de belleza esplendorosa dejaron a los turistas
respetuosamente silenciosos y fascinados, y fueron mi regalo de Reyes.
Luego, asco. Fuengirola. Y soledad. Ir hasta un sitio
para que al llegar diga uno “¿Y qué hago yo aquí en una mañana como esta?” es
una experiencia muy fea. Tanto, que a los pocos minutos estaba
buscando el acceso a la vía de regreso. Las personas que
hemos perdido la juventud y el hábito de viajar nos asusta entrar por una
puerta inadecuada. Nos asusta
todo… hasta que un día decidimos comprar un pasaje —solo ida— a Riga o a Bogotá,
Barranquilla, Cali o Medellín donde abundan los asesinos a sueldo, impunes y
bien organizados. Una muerte limpia y rápida, elegida, pagada por uno mismo. Eso
de la mort en beauté solo se da en
Wagner o en Gustavo Adolfo Becquer. O sea, nunca.
Regresé a la hora de comer. Todo había pasado ya y,
sorprendentemente, no encontré a nadie inquieto por mi ausencia mientras besaba mi cara mojada por esas lágrimas que engrandecen el
alma y que son perlas de gratitud. Mi Amigo, el hombre con el que vivo, el que nunca quiere comer ni hablar conmigo, el que solo me mira y a veces parece modificar el rictus de su boca... tampoco se dignó a echarme ni siquiera una mirada de cariño. No contar para nadie, no ser querido por
nadie le da a uno la sensación de ser un bicho sumergido en un bote de alcohol, de esos
que hay en los laboratorios y museos de Historia Natural. Es una certeza tan hiriente que se parece a esa línea de sangre que siempre nos deja extasiados durante un segundo cuando nos hacemos una herida. Siempre brillante, la excepcionalidad duele después de hipnotizarnos.
Desde aquella vez que le tiré una piedra al vecino —otro
niño como yo, parece que lo estoy viendo— llevando en la mano una botella de
vinagre hasta el día de hoy no he permitido que nadie me compadezca o me
insulte.
[Tengo que escribir un día de estos algo hermoso. No puedo
ensombrecer permanentemente estas páginas virtuales con recuerdos desagradables.
¿Mañana? Quizás.]

Las fiestas por decreto es lo que tienen... estropean el día.
ResponderSuprimirMañana fue ya. Esperamos algo hermoso. Saludos