Tengo la cochina costumbre del desorden ordenado, o del caos
asfixiante pero reconducible. En mis tiempos infantiles cuando se quería hacer
una gracieta sobre estos temas de las buenas costumbres en la colocación de las
cosas se decía mi desorden es como el
peinado de la Bardot aludiendo a la imagen que siempre daba el toceado de la ¿actriz?… y que era un sí es no es, una
mistura de descuido cuidadosamente planificado y hecho, me imagino, gracias a muchas horas de peluquería. En el
cine hay demasiadas historias, unas dentro de las películas y muchas más fuera
de ellas. Tradicionalmente, las consideradas —no por mí— grandes putas de la
industria que preliminaron (me acabo de inventar ese verbo) los Lumière, esas
artistas pendones por antonomasia fueron Brigitte Bardot, Jayne Mansfield, Liz
Taylor, Marilyn Monroe, Marlene Dietrich y Mae West citadas como se me han ido
viniendo a la memoria, sin ordenar ni por la fecha de su venida al mundo ni por
el grado, trascendencia y calidad de su puterío. Lista abierta, como es
natural. De la última se dice que dijo algo parecido a esto: "Hace tiempo perdí mi honra, la verdad es que no he tenido mucho interés en encontrarla". Una gran mujer, vaya. No en vano la usó Salvador Dalí de vez en cuando en varios de sus cuadros.
El hecho es que por donde vivo todo está plagado de notitas.
En una veo escrito con caligrafía diferente, lo cual significa que fueron
escritas por la misma mano pero en condiciones emocionales distintas, “Pedro
Páez Jaramillo” y “Alicia Noemí”. En otra, un eslogan en Inglés: “I am a darn
goodman”, y al reverso el número de teléfono del podólogo. Un trocito de papel
estrecho remite a una página de pornografía. Ajada, debajo de un bote con
bolígrafos había un papelucho con dos correos electrónicos y la sintonía de una
emisora friki descubierta al azar en la que sería interesante medir cuántas
veces por minuto dicen muy ufanos exclamaciones basadas en el signo cristiano “hostia”
tales como hostiazo, hostión y demás derivados morfológicos y sintácticos. Qué
creatividad y qué valentía. Siempre me han repugnando los sacrílegos y los
blasfemos, pero si son unidimensionales… más. Pedro Páez fue el verdadero descubridor de las Fuentes del Nilo y Alicia Noemí la hermana muerta de un amigo lejano a la que encargaré una misa como le prometí...
Rebusco, ya por el morbo de saber que aparecerán más, y a
mis ojos viene la anotación de “limpiar ratón” y hacer ciertos arreglos
informáticos. Cerca estaba otra con la fecha de un cumpleaños ajeno (estoy
seguro de que esa persona no tiene el menor interés en la mía) y la cadena de letras que transcribo, auténtico
misterio ahora mismo: chechecastenango. ¿Qué será? Google me lo recuerda, es un
mercado en una ciudad de Guatemala. Vi un reportaje en la televisión y me
interesó, a pesar de que ya no amo América. Y no la amo porque entre otras
cosas los americanos consienten que los norteamericanos se hayan apropiado en exclusiva del
término. Me lo ha recordado esta mañana la radio al oír al protocerdo Mitt
Romney, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de
Norteamerica triste país envidiado, temido u odiado pero casi nunca querido sin
duda por no tener nombre y ser el ladrón del nombre América que le pertenece a
todos los habitantes del continente, desde Alaska —tan rusa ella— hasta las
Falkland que deberían ser Malvinas (Argentina, la plata, qué gran país si se
vaciara de argentinos, como Francia de franceses y Rusia de rusos; China, con o sin chinos, es una mierda).
Otra nota que aparece es casi ilegible. He debido de apoyar sobre ella
una taza caliente o un vaso mojado y la tinta verde se ha borrado casi
totalmente. A penas se distingue una maldición vitriólica. Pero en la esquina
superior derecha se salva una relación de pintores maravillosos: José M. Cabra
de Luna, Luis Molledo Álvarez, José Guevara Castro, José Nogales Sevilla. Me falla la memoria en ciertas cosas, como a todo el mundo. El pintor Guevara creo que hizo un mural en mi colegio fascista del Frente de Juventudes.
Tuve una compañera de academia en la que nos daban clase particular
de Matemáticas y Física-Química en Preuniversitario. Un sitio que recuerdo con
espanto y tristeza. Esta muchacha se llamaba Blanca y es (debe ser) hermana de uno de los
pintores del párrafo anterior. Hacían chistes previsibles con ella; era delgada, pálida, rubia, no muy agraciada, con gafas, estudiosa… Hoy es
profesora de Patología No Sé Qué en la Facultad de Medicina de Málaga. Y el
profesor de la academia, que ya disfrutaba de muy buenos sueldos gracias a sus clases y representación de unos famosos laboratorios farmacéuticos suizos, también
picaba alto en lo académico y llegó a lo más alto del Parnaso malagueño ocupando la cátedra de Radiología
No Sé Qué de la UMA, dirigiendo tesis doctorales, de conferenciante… en fin, como
debe ser. Yo fui uno de los que fracasó. Tan solo triunfé sobre ellos en una
cosa que nadie sabrá nunca: me enamoré perdidamente de un polo de Lacoste bleu
Grenoble. La persona que lo llevaba era maravillosa, algo canónico desde los
pies a la cabeza, un ser humano único hasta en el olor, en la sonrisa, en el
carácter… era de una buena familia malagueña, inaccesible para los pobres, lo
cual no mermaba su encanto con los demás. A veces he pensado cómo habría sido haber hecho el amor con
esa persona. Se me saltan las lágrimas pensando en su posible cuerpo desnudo, suave, dulce y equilibrado, con esa fragancia de la gente rica, en su pecho perfecto, en su vientre cálido, en su sexo —quizás lo
de menos— y, sobre todo, en ese abrazo que podría haber sido estrecho y coronado con un beso (más de
mil) en sus labios, en sus párpados, en sus axilas, en sus pies, en sus nalgas, en su nuca, en en ese espacio que queda entre el cuello y la clávicula creado por Dios para que quepa la cara del amante que al mismo tiempo que besa, huele, lame y sueña…El otro día pasé por la puerta de la casa de Blanca, la Patóloga. Qué categoría, no la recordaba tan hermosa, es un palacio.
Pero no era ella la que llevaba el polo bleu Grenoble.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada