Comenzó la humillación desde la misma puerta de la
Delegación de Hacienda. Al volver la verja me di de manos a boca con una cola
que ascendía por la escalinata hasta quedar alineada con un papelucho —un folio de
impresión casera— que decía “Entrada contribuyentes”. Así, sin más partículas
gramaticales que hubieran adecentado el exiguo texto. Podían haber puesto “entrada
vomitorio, cagadero o muladar” porque todo eso es ese edificio y lo que allí se hace.
Cuando estoy nervioso me entorpezco alarmantemente y los
arcos detectores de metales nunca dejan de reconocerlo; no es la hebilla de la
correa Levi’s lo que suena, sino mi irritación por verme sometido a
procedimientos profundamente neonazis: el segurata de turno —desganado, gordo,
ladino, descortés— riega su ego dándome paso como el monarca que ejerce
el derecho de gracia. Bajo escaleras que ahondan la sensación de desamparo y
una mujer asquerosa me dice a voces que si tengo cita y que cuál es mi nombre y
apellidos datos que un amanuense repugnante transcribe a un ordenador. Recibo un ticket. Me
entran ganas de orinar y como estoy al lado del váter le digo a una señora que si me nombran les diga que salgo enseguida… Se niega a semejante
favor, me irrito con ella y no la atiendo: tan solo quería ayudarme pues
intentaba decirme que no me aplastara allí porque tenía que emigrar a una sala de
espera que parecía un establo lleno de asientos de color azul…
Oriné. Y aunque faltaban treinta minutos para la hora
concertada por supuesto me habían llamado en esos dos minutos que tardé en salir, por lo que debí hacer ede nuevo el circuito y
rogar que… “Ahora lo llaman otra vez” me contestó con toda la sequedad del mundo el del ordenador para seguir riendo a a grandes carcajadas con la de los tickets y el segurata que no vigiliba aquel silencio de los corderos. Y así fue.
Localicé la mesa del puesto 21 que me había tocado y allí esperaba un hombre muy
parecido al actor de Mr. Bean. Una vez que obtuvo mi carné de identidad salió
de su impresora láser un folio escueto en el que se enumeraban mis ingresos.
Cuando terminó todo, el sol y la luz me ayudaron a
sobreponerme de algo que yo había previsto. Pero nunca acepta uno de buen grado
que le roben.
Es tanta la desfachatez, el cinismo, la corrupción y la
indecencia política de este país que abruma ver cómo se carga la mano contra el
débil y se ayuda al rico. Eso tiene una calificación: infección moral, miseria
ética y timo.
El régimen de Franco fue congruente, todo el mundo conocía
los ejes en los que se desenvolvía la vida. Méjico o Colombia son congruentes
también. Y Grecia, desde ayer: Nueva Aurora ya está en el Parlamento de Atenas.
Y Marine Le Pen, en el de París.
Por cierto ¿Cómo se llama la ultraderecha española?
lunes, 7 de mayo de 2012
domingo, 5 de febrero de 2012
La casa de Blanca
Tengo la cochina costumbre del desorden ordenado, o del caos
asfixiante pero reconducible. En mis tiempos infantiles cuando se quería hacer
una gracieta sobre estos temas de las buenas costumbres en la colocación de las
cosas se decía mi desorden es como el
peinado de la Bardot aludiendo a la imagen que siempre daba el toceado de la ¿actriz?… y que era un sí es no es, una
mistura de descuido cuidadosamente planificado y hecho, me imagino, gracias a muchas horas de peluquería. En el
cine hay demasiadas historias, unas dentro de las películas y muchas más fuera
de ellas. Tradicionalmente, las consideradas —no por mí— grandes putas de la
industria que preliminaron (me acabo de inventar ese verbo) los Lumière, esas
artistas pendones por antonomasia fueron Brigitte Bardot, Jayne Mansfield, Liz
Taylor, Marilyn Monroe, Marlene Dietrich y Mae West citadas como se me han ido
viniendo a la memoria, sin ordenar ni por la fecha de su venida al mundo ni por
el grado, trascendencia y calidad de su puterío. Lista abierta, como es
natural. De la última se dice que dijo algo parecido a esto: "Hace tiempo perdí mi honra, la verdad es que no he tenido mucho interés en encontrarla". Una gran mujer, vaya. No en vano la usó Salvador Dalí de vez en cuando en varios de sus cuadros.
El hecho es que por donde vivo todo está plagado de notitas.
En una veo escrito con caligrafía diferente, lo cual significa que fueron
escritas por la misma mano pero en condiciones emocionales distintas, “Pedro
Páez Jaramillo” y “Alicia Noemí”. En otra, un eslogan en Inglés: “I am a darn
goodman”, y al reverso el número de teléfono del podólogo. Un trocito de papel
estrecho remite a una página de pornografía. Ajada, debajo de un bote con
bolígrafos había un papelucho con dos correos electrónicos y la sintonía de una
emisora friki descubierta al azar en la que sería interesante medir cuántas
veces por minuto dicen muy ufanos exclamaciones basadas en el signo cristiano “hostia”
tales como hostiazo, hostión y demás derivados morfológicos y sintácticos. Qué
creatividad y qué valentía. Siempre me han repugnando los sacrílegos y los
blasfemos, pero si son unidimensionales… más. Pedro Páez fue el verdadero descubridor de las Fuentes del Nilo y Alicia Noemí la hermana muerta de un amigo lejano a la que encargaré una misa como le prometí...
Rebusco, ya por el morbo de saber que aparecerán más, y a
mis ojos viene la anotación de “limpiar ratón” y hacer ciertos arreglos
informáticos. Cerca estaba otra con la fecha de un cumpleaños ajeno (estoy
seguro de que esa persona no tiene el menor interés en la mía) y la cadena de letras que transcribo, auténtico
misterio ahora mismo: chechecastenango. ¿Qué será? Google me lo recuerda, es un
mercado en una ciudad de Guatemala. Vi un reportaje en la televisión y me
interesó, a pesar de que ya no amo América. Y no la amo porque entre otras
cosas los americanos consienten que los norteamericanos se hayan apropiado en exclusiva del
término. Me lo ha recordado esta mañana la radio al oír al protocerdo Mitt
Romney, candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de
Norteamerica triste país envidiado, temido u odiado pero casi nunca querido sin
duda por no tener nombre y ser el ladrón del nombre América que le pertenece a
todos los habitantes del continente, desde Alaska —tan rusa ella— hasta las
Falkland que deberían ser Malvinas (Argentina, la plata, qué gran país si se
vaciara de argentinos, como Francia de franceses y Rusia de rusos; China, con o sin chinos, es una mierda).
Otra nota que aparece es casi ilegible. He debido de apoyar sobre ella
una taza caliente o un vaso mojado y la tinta verde se ha borrado casi
totalmente. A penas se distingue una maldición vitriólica. Pero en la esquina
superior derecha se salva una relación de pintores maravillosos: José M. Cabra
de Luna, Luis Molledo Álvarez, José Guevara Castro, José Nogales Sevilla. Me falla la memoria en ciertas cosas, como a todo el mundo. El pintor Guevara creo que hizo un mural en mi colegio fascista del Frente de Juventudes.
Tuve una compañera de academia en la que nos daban clase particular
de Matemáticas y Física-Química en Preuniversitario. Un sitio que recuerdo con
espanto y tristeza. Esta muchacha se llamaba Blanca y es (debe ser) hermana de uno de los
pintores del párrafo anterior. Hacían chistes previsibles con ella; era delgada, pálida, rubia, no muy agraciada, con gafas, estudiosa… Hoy es
profesora de Patología No Sé Qué en la Facultad de Medicina de Málaga. Y el
profesor de la academia, que ya disfrutaba de muy buenos sueldos gracias a sus clases y representación de unos famosos laboratorios farmacéuticos suizos, también
picaba alto en lo académico y llegó a lo más alto del Parnaso malagueño ocupando la cátedra de Radiología
No Sé Qué de la UMA, dirigiendo tesis doctorales, de conferenciante… en fin, como
debe ser. Yo fui uno de los que fracasó. Tan solo triunfé sobre ellos en una
cosa que nadie sabrá nunca: me enamoré perdidamente de un polo de Lacoste bleu
Grenoble. La persona que lo llevaba era maravillosa, algo canónico desde los
pies a la cabeza, un ser humano único hasta en el olor, en la sonrisa, en el
carácter… era de una buena familia malagueña, inaccesible para los pobres, lo
cual no mermaba su encanto con los demás. A veces he pensado cómo habría sido haber hecho el amor con
esa persona. Se me saltan las lágrimas pensando en su posible cuerpo desnudo, suave, dulce y equilibrado, con esa fragancia de la gente rica, en su pecho perfecto, en su vientre cálido, en su sexo —quizás lo
de menos— y, sobre todo, en ese abrazo que podría haber sido estrecho y coronado con un beso (más de
mil) en sus labios, en sus párpados, en sus axilas, en sus pies, en sus nalgas, en su nuca, en en ese espacio que queda entre el cuello y la clávicula creado por Dios para que quepa la cara del amante que al mismo tiempo que besa, huele, lame y sueña…El otro día pasé por la puerta de la casa de Blanca, la Patóloga. Qué categoría, no la recordaba tan hermosa, es un palacio.
Pero no era ella la que llevaba el polo bleu Grenoble.
sábado, 28 de enero de 2012
Mañana de reyes (derrocados)
El 6 de enero de 2012 amaneció triste y radiante. Todo el
castillo de naipes levantado a lo largo de, digamos, sesenta años se venía
abajo en una mañana. Probablemente para siempre se cumplía el maldito
veredicto contra el cual había luchado tanto: definitivamente los Reyes Magos no existen. Porque de haber existido… con su magia
la hecatombe silenciosa y anónima no se habría producido. Involuntariamente hice
varios entierros mientras bajaba despacio hacia el abismo
amarillo y negro del andén donde sonaba por la megafonía un conocido estudio para piano de
Chopin.
El tren iba prácticamente vacío, son momentos del año en los
que la gente da y recibe, con mayor o menor amor y sinceridad, regalos. Yo me
alejaba de mi casa vacía con el corazón destrozado por un ataque repentino de racionalidad.
El tren fue pasando por túneles y subterráneos hasta llegar al aeropuerto donde
siempre se sube algún extranjero ilusionado con los rayos del Sol. Y así fue: educados, pálidos, desastrosamente vestidos,
inundó el vagón un nutrido grupo de ingleses que intercambiaron informaciones
vitales con un compatriota, evidentemente jubilado, residente la mayor parte
del año en estas tierras. Básicamente los datos eran distancias y grados de
belleza o interés de los lugares. Pasó de largo Torremolinos. Y el
tren emergió por un angosto pasadizo de hormigón que parecía una lanzadera
espacial hasta un paraje verde, rocoso y con árboles por el lado derecho mientras que por el ventanal opuesto veíamos el mar azul, ese azul frío y denso, tan duro,
que los franceses y los poetas y los que se dedican a la heráldica llaman “azur”.
Esos segundos de belleza esplendorosa dejaron a los turistas
respetuosamente silenciosos y fascinados, y fueron mi regalo de Reyes.
Luego, asco. Fuengirola. Y soledad. Ir hasta un sitio
para que al llegar diga uno “¿Y qué hago yo aquí en una mañana como esta?” es
una experiencia muy fea. Tanto, que a los pocos minutos estaba
buscando el acceso a la vía de regreso. Las personas que
hemos perdido la juventud y el hábito de viajar nos asusta entrar por una
puerta inadecuada. Nos asusta
todo… hasta que un día decidimos comprar un pasaje —solo ida— a Riga o a Bogotá,
Barranquilla, Cali o Medellín donde abundan los asesinos a sueldo, impunes y
bien organizados. Una muerte limpia y rápida, elegida, pagada por uno mismo. Eso
de la mort en beauté solo se da en
Wagner o en Gustavo Adolfo Becquer. O sea, nunca.
Regresé a la hora de comer. Todo había pasado ya y,
sorprendentemente, no encontré a nadie inquieto por mi ausencia mientras besaba mi cara mojada por esas lágrimas que engrandecen el
alma y que son perlas de gratitud. Mi Amigo, el hombre con el que vivo, el que nunca quiere comer ni hablar conmigo, el que solo me mira y a veces parece modificar el rictus de su boca... tampoco se dignó a echarme ni siquiera una mirada de cariño. No contar para nadie, no ser querido por
nadie le da a uno la sensación de ser un bicho sumergido en un bote de alcohol, de esos
que hay en los laboratorios y museos de Historia Natural. Es una certeza tan hiriente que se parece a esa línea de sangre que siempre nos deja extasiados durante un segundo cuando nos hacemos una herida. Siempre brillante, la excepcionalidad duele después de hipnotizarnos.
Desde aquella vez que le tiré una piedra al vecino —otro
niño como yo, parece que lo estoy viendo— llevando en la mano una botella de
vinagre hasta el día de hoy no he permitido que nadie me compadezca o me
insulte.
[Tengo que escribir un día de estos algo hermoso. No puedo
ensombrecer permanentemente estas páginas virtuales con recuerdos desagradables.
¿Mañana? Quizás.]
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jueves, 26 de enero de 2012
La flor que me tiraste a la cara
—Y eso es el Parlamento, el Parlamento.
No es que pida uno un catedrático para llevar el coche de
caballos mugriento y maloliente que pasea por las calles de Málaga a los
incautos turistas que, borrachos de nostalgia y queriendo emular a los grandes
conquistadores que aceptaban cocos caldosos como cráteras de vino griego los
romanos… pero decir que el Ayuntamiento es el Parlamento ya es demasiado.
Máxime pasando por delante de una placa plurilingüe en la que bien claramente
se indica que aquel edificio hermoso es el City Hall.
Pongamos que llevo más de cuarenta años en esta tierra y
nunca me he subido a esos carromatos en los que, sobre la capota, sentaban con
el vestido extendido como una banderola a las niñas de primera comunión y en
los que se paseaban llenos de orgullo unos recién casados que ahora alquilan,
en el colmo de la necedad del quiero y no
puedo, coches de lujo o limusinas para una hora más o menos.
Lo más dramático es la Feria de Agosto, esa eclosión
desvirtuada de la diversión para convertirse —por el sentro— en una mugrienta borrachera universal. Entonces, bajo el
Sol inclemente, es posible ver a fantasmas vestidos con un traje ridículo y
trasnochado arreando cuadrigas y chariots por el asfalto que se derrite de
vergüenza al verlos.
Estoy leyendo Carmen de
Próspero Merimée. Sin tener en cuenta la consulta de palabras sueltas
provenientes de vocabularios muy arcaicos y específicos —no en vano intervienen
militares, gitanos, mujeres ligeras de cascos, bandoleros, arqueólogos,
etcétera—, su prosa es sumamente fluida y ágil consecuencia de su vasta cultura
que incluía el conocimiento de varias lenguas clásicas, el árabe y el ruso. Últimamente
hablo mucho solo y utilizo contra mis adversarios un arma que creo infalible:
la congruencia. Es más congruente esta obra que se escribió hace ciento sesenta
años, luego llevada a la ópera, que los carromatos y caballos hendiendo los
pavimentos malagueños.
Tonto es el que hace tonterías. Congruente… el que actúa con
congruencia, pero ¿eso qué es? Básicamente significa lógica y coherencia. Conozco
personalmente a un concejal “de izquierdas” (netamente de izquierdas) que me presentaron hace tiempo. Yo
estaba dando mi clase y echamos un rato de conversación muy agradable al darnos
cuenta de que ambos habíamos estudiado Económicas y afloraron todas las
anécdotas de la facultad, yo tenía más que él y mucho más… sustanciosas, por lo
que al contárselas se rió y pasó un rato interesante y divertido, me dejó su
tarjeta por si un día “quieres llegarte, al partido o al Ayuntamiento, a
saludarme”. El otro día escuchaba en la radio sus alegatos partidistas sobre la
feria en un pleno del Ayuntamiento y me preguntaba yo a mí mismo —claro, ya lo
he dicho: converso con el hombre que
siempre va conmigo— cómo una persona tan agradable, ecuánime, culta (¡culto
ya se es por el simple hecho de escuchar y atender las razones de los demás!) y
coherente… se transformaba en algo tan sectario e irracional simplemente porque
en razón de su cargo no podía darle
la razón al partido adversario. Qué triste.
Yo suelo gustarle mucho a la gente progresista. Y a la gente
culta. Como siempre he sido miope he dejado que la Fortuna terminara cagándose
en mí, harta de posarse mil veces a mi lado sin que yo me diera cuenta. Son tan
interesantes las musarañas…
Y eso que nací en martes.
Voy a copiar la definición de amor más bonita que he leído últimamente:
"Et puis, malgré moi, je sentais la fleur de cassie qu’elle m’avais
jetée, et qui, sèche, gardait toujours sa bonne odeur…".
Así habla don José,
el bandolero de pelo rubio y ojos azules, que se ve prisionero y condenado a
garrote vil por dejar libre a Carmen
la cigarrera a la que escoltaba tras hacerle una equis con la navaja a una
compañera de trabajo. Todo es congruente, lógico y coherente ¡porque es don José Lizarrabengoa, nacido a pocos kilómetros de Irún! Para Merimée el vasco además
de tener pelo pajizo, ojos celestes, buena piel y mejores piernas siempre era
valiente y noble.
Qué de sorpresas guarda lo clásico.
sábado, 21 de enero de 2012
¿Título, qué título? Yo qué sé... lo que me ha salido.
“El número de comensales en un banquete no debe ser mayor
que el de las musas ni menor que el de las gracias”. Es decir: tres, cuatro, cinco,
seis, siete ocho o nueve. He abierto mi libretilla primera de frases famosas buscando
un pie para escribir, y no encuentro nada que me llame la atención. Como estoy
hambriento, me imagino que el subconsciente habrá dirigido mis ojos hacia la cita
que abre esta página. Estoy bastante de acuerdo con que el banquete para uno es
tristísimo. Desde hace catorce años, todos los míos son así. Para dos está
bien, pero al final un comensal observa al otro sin descanso y puede arruinar
la cordialidad de la reunión. Rara es la persona que come con soltura y
delicadeza, con naturalidad pero siguiendo las normas de la higiene y de la
cortesía. Nunca he soportado meter la cuchara de manera mancomunada, el tenedor
sí siempre que no haya caldo. Me molesta ver gente que en un restaurante parte
trozos de su menú y se los traslada a otro comensal, o lo que es peor, quién
mete directamente el cubierto en el plato de otro. Me pone de mal humor quien
ante una bandeja de pasteles diferentes dice que prefiere probarlos todos y
corta de unos y de otros mutilándolos todos.
Cuando era niño los domingos, si hacía buen tiempo, iba con
mi tata a visitar a sus padres que vivían en las cuevas. Las legumbres de mi
pueblo y de toda la comarca, como la fruta, eran excelentes. Los garbanzos
de Santiago de la Espada eran famosos. Y las habichuelas secas, chicas y muy
tiernas, resultaban extraordinarias. Un “potaje de caricas” se volcaba en una
fuente de loza honda y grande, se situaba en el centro de la mesa, junto al pan,
y cada persona con su cuchara iba tomando del recipiente común el alimento. Nadie
usaba servilletas. El mantel se sustituía por un hule. Y los cacharros
metálicos se fregaban con agua, estropajo y arenilla. Mi tata, digo, que
siempre me quiso mucho (y yo a ella) advertía a su madre seriamente de que
antes de poner la comida en la mesa me sacaran a mí un platito aparte porque yo
no estaba acostumbrado a comer así, lo cual les hacía mucha gracia. Las cosas
de los niños casi siempre hacen sonreír y son vistas con ojos amables. Para un
adulto que hiciera ascos a esa económica manera de comer manchando el mínimo de
vajilla siempre se podía echar mano de los alfilerazos dialécticos, tal como
este, digno de un lapidario: “No hay marrana que no sea asquerosa”. Prima
hermana graciosa de la engolada sentencia “Dime de lo que presumes y te diré de
lo que careces”.
No me gusta comer en
la calle. Lo asocio con ideas negativas. Y por lo general me suele dar un
poco de asco de los hombres manoseando lo que me voy a comer. Siempre recuerdo
las cosas que decía mi padre (si él me hubiera sobrevivido no recordaría nada
mío), y en relación al tema —¿qué tema? Dirán algunos— recomendaba las mujeres
que tenían las manos chicas y con dedos gordos, según él hacían muy bien los
roscos.
Se ha puesto de moda la imitación fraudulenta del signo pero
no del concepto. Los mandilones casi arrastrando por el suelo —talares hasta
los talones, aquí una sonrisa— de los camareros franceses han gustado mucho en
bares y tabernas de Málaga. Nunca me hizo gracia aquello tan conocido que dijo
Lamartine: “Solo lo patético es eterno”. Yo deseo y espero volver a ver los
camareros de pantalón negro y camisa blanca de mangas cortas por las que se
escapaba algunas veces el vaho propio de la zona. A la vejez —que me ha
saltado al cuello sin esperarla y me asedia y me atenaza la garganta enroscándose
en mí como la serpiente del Paraíso en el tronco del Árbol del Bien y del Mal—
me he dado cuenta del valor que tienen las cosas humildes y sencillas, y he
desarrollado una antipatía profunda por el figurón y por el figurín. En el
siglo XVIII, al que tanto quiero y al que tanto debo, el petimetre (le petit maître) con su lunar pintado en
la mejilla, su pelo largo recogido con un lazo en una cola de caballo, su
quincalla, sus hebillas y sus joyas de estrás más falsas que Judas… debía ser
admirable pues vivir del cuento a costa de los demás no es fácil, y sin embargo
ese era su cometido mientras gustara a las damas. Todos los historiadores y
demás gentes que piensan un poco dicen —ante ese dislate en el que todos hemos
caído alguna vez de soñar con que se invente una máquina que nos lleve a
tiempos pasados, y luego volver— que el ser humano actual del Primer Mundo no
podría soportar la peste —el mal olor— dramática, universal, omnipresente, que
habría en aquellos tiempos. Como es sabido, el primer perfumista francés fue
Guerlain. Los que le precedieron sabían de la necesidad compulsiva de inundarse
en aguas perfumadas para tapar lo que para ellos era una simple molestia y para
nosotros sería algo letal. Un día de estos relacionaré la leche condensada con
la guerra y la Kölnisch Wasser, el Agua de Colonia. Y quizás honre desde
aquí a Giovanni Maria Farina y al 4711. No es un acertijo. Ni tampoco es oro
todo lo que reluce.
Por cierto, creo —lo diré con cautela— que al fin soy libre
para escribir como quiera y de lo que quiera. He roto la alambrada.
viernes, 20 de enero de 2012
Money makes the world go round
¿Cuándo voy a ser rico? Porque me corre prisa.
Quiero comprarme un cuadro de Juan Fernández Béjar. Y otro de Antonio López. Y dos de Revello de Toro (a tiro fijo, dos y solo dos, porque los demás no me gustan). Quiero viajar, para que nunca más nadie me llame raro. El Oriente Lejano no me interesa nada, es un paisaje triste abrumado por millones de personas feas y con cara de malvadas. Existe el cuento chino como paradigma del timo. Y la putada china, como ejemplo de mala leche o cabronada. Y el tormento chino. Y hay chinas en el zapato. Y me salió un chino entre las lentejas. ¡Y dicen cololes en vez de colores! Todos los tópicos se hacen realidad en estas gentes. Descartada, pues, China y toda su sangrienta dictadura. Descartado el Oriente Lejano.
En primavera haré los viajes con el siguiente itinerario: San Petersburgo, Jerusalén, La Meca, Dubai y desde allí a Roma (quiero mirar durante mucho rato, hasta que me canse, una fachada concreta del Palazzo Madama, en una de cuyas buhardillas vivió Caravaggio bajo la protección del inquietante cardinale Francesco Maria Del Monte).
Quiero comprarme un cuadro de Juan Fernández Béjar. Y otro de Antonio López. Y dos de Revello de Toro (a tiro fijo, dos y solo dos, porque los demás no me gustan). Quiero viajar, para que nunca más nadie me llame raro. El Oriente Lejano no me interesa nada, es un paisaje triste abrumado por millones de personas feas y con cara de malvadas. Existe el cuento chino como paradigma del timo. Y la putada china, como ejemplo de mala leche o cabronada. Y el tormento chino. Y hay chinas en el zapato. Y me salió un chino entre las lentejas. ¡Y dicen cololes en vez de colores! Todos los tópicos se hacen realidad en estas gentes. Descartada, pues, China y toda su sangrienta dictadura. Descartado el Oriente Lejano.
En primavera haré los viajes con el siguiente itinerario: San Petersburgo, Jerusalén, La Meca, Dubai y desde allí a Roma (quiero mirar durante mucho rato, hasta que me canse, una fachada concreta del Palazzo Madama, en una de cuyas buhardillas vivió Caravaggio bajo la protección del inquietante cardinale Francesco Maria Del Monte).
Después… el Véneto: Vicenza.
Alquilaré un coche descubierto y obligaré al chauffeur a que vaya muy despacio justo antes de que aparezca Villa Rotonda en el horizonte, entonces haré que se detenga, bajaré y mis ojos se llenarán de lágrimas al pensar en Palladio.
A la hora de comer me sentaré en un prado, abriré una cesta de mimbre dónde irá mi comida y soñaré.
[Eso... cuando sea rico].
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